LA CABRA Y EL VALLE
Había una vez una cabra que nació en un valle.
Era un valle enorme. Verde. Cómodo. Seguro.
Allí estaban todas las demás.
Cada mañana hacían lo mismo.
Comían en los mismos lugares.
Seguían los mismos caminos.
Hablaban de las mismas cosas.
Y, cuando alguna levantaba la vista hacia las montañas que rodeaban el valle, las demás siempre respondían igual:
—¿Para qué quieres subir ahí?
—Aquí se está bien.
—Es peligroso.
—Además, nadie sabe lo que hay arriba.
La Cabra miraba aquellas montañas casi todos los días.
No sabía por qué.
No era capaz de explicarlo.
Simplemente sentía curiosidad.
Mientras las demás miraban hacia el prado, ella miraba hacia la cima.
Un día decidió acercarse.
No para subir.
Solo para verla de cerca.
Y entonces descubrió algo.
La montaña era mucho más grande de lo que parecía desde el valle.
Y mucho más difícil.
Había piedras sueltas.
Senderos que no llevaban a ninguna parte.
Pendientes imposibles.
Y zonas donde parecía que no había camino.
Durante un instante pensó en volver al valle.
Todo era mucho más sencillo allí.
Más cómodo.
Más seguro.
Pero antes de regresar levantó la vista.
Y vio algo.
Arriba, muy arriba, había otras cabras.
Muy pocas.
Casi no se distinguían.
Pero estaban allí.
Y parecía que contemplaban algo extraordinario.
Así que decidió seguir.
Los primeros metros fueron fáciles.
Después llegaron los problemas.
Hubo días en los que tomó el camino equivocado.
Días en los que avanzó durante horas para acabar descubriendo que estaba en un camino sin salida.
Días en los que resbaló.
Días en los que quiso abandonar.
Y días en los que miró hacia abajo y vio el valle.
Tan acogedor.
Tan familiar.
Tan sencillo.
Algunas cabras le gritaban desde abajo:
—¡Vuelve!
—¿Qué necesidad tienes?
—Aquí estamos todos.
—No merece la pena.
Otras se burlaban.
—Mira la escaladora.
—Se cree diferente.
—Ya volverá cuando se canse.
Y durante un tiempo dudó.
Quizá tenían razón.
Quizá estaba perdiendo el tiempo.
Quizá era mejor volver.
Pero entonces recordó algo.
No había empezado a subir para demostrar nada a nadie.
Había empezado porque quería descubrir qué había arriba.
Y continuó.
Poco a poco.
Paso a paso.
Aprendiendo.
Cada error le enseñó algo.
Cada caída la hizo más fuerte.
Cada decisión mejoró su capacidad para elegir el siguiente camino.
Y cuanto más subía, más cosas empezaba a ver.
Lo curioso es que las vistas no aparecieron al llegar a la cima.
Aparecieron durante el camino.
Con cada metro ganado.
Con cada nueva perspectiva.
Con cada aprendizaje.
Hasta que un día llegó arriba.
Y entonces entendió por qué tan pocas cabras lo conseguían.
No era porque la montaña fuera imposible.
Era porque la mayoría nunca la intentaba.
Llegó a la cima.
Miró alrededor.
Y contempló algo que desde el valle era invisible.
Vio todos los caminos.
Todos los montes.
Todos los horizontes.
Y comprendió algo todavía más importante.
La recompensa no eran las vistas.
La recompensa era haberse convertido en la cabra capaz de llegar hasta allí.
Porque el monte no le había cambiado el destino.
La había cambiado a ella.
Abajo seguía estando el valle.
Tan cómodo.
Tan seguro.
Tan lleno de cabras que nunca sabrían lo que había allí arriba.
Y entonces sonrió.
Porque comprendió que no se trataba de ser mejor que las demás.
Se trataba de elegir.
Y las cabras eligen su monte.
Y, al final, cada una acaba exactamente donde decide caminar.
🐐